En las afueras de Southampton

Manuela se asomó por la ventana. Aquella chacra era una reminiscencia pampeana. Los robles y castaños ya habían alcanzado una altura considerable. Su cabeza volvía una y otra vez al jardín de las magnolias de Palermo. Su casa de Londres no guardaba ni un objeto color punzó, ni siquiera había conservado su moño rojo, venido en aquel viaje apurado por mar, pero su tatita había logrado traer un pedazo de pampa. Allí, en ese pueblo cargado de lluvia, se levantaba el último refugio de un hombre, alejado de su cielo y de su terruño. Las palabras de su padre llegaron desde lejos:

—¿Por qué el loco de Sarmiento se apropió del nombre de Facundo?

—Tatita, él solo escribió su historia. Usted tiene en su memoria las charlas y los debates con el general en las noches de soledad y frío para reconstruir un país. Un país que nos odia, recuerde usted —dijo Manuelita con un sabor amargo en la boca.

La frente cansada del anciano y sus ojos de tenue azul no ocultaban su enojo con la historia y la literatura. Le parecía todo muy sarcástico y burlón.

—En 1835, ¡todo el pueblo de Buenos Aires me otorgó las facultades extraordinarias! Fueron nueve mil trescientos veinte votos contra ocho. El señor Sarmiento se olvida de eso.

Pero ella recordaba esos años. Su madre había sido la heroína del siglo, según el Dr. Maza… Manuela, la Princesa Federal, no había sabido entender las consecuencias de tamaña personalidad; sin embargo, tenía muy presente la severidad y el carácter decisivo de doña Encarnación Ezcurra de Rosas. Sus propios pensamientos ahora se extraviaban. La voz de su padre resonó en sus oídos.

—Era necesario ordenar el país y perseguir a los malvados que habían puesto en confusión nuestra tierra. —El brigadier lo repetía hasta el cansancio a quien quisiera oírlo en ese suelo extraño, al norte de Southampton. También, en sus cartas a los pocos amigos que le quedaban y a su hermana Agustina. La mayoría lo había abandonado a su suerte.

—Pero ¿cuáles eran sus certezas, tatita, para justificar los plenos poderes? —La cabeza de Manuelita recordaba la desconfianza aún de los mismos federales.

—Entienda, mi hija, que en esos tiempos no había lugar para las formalidades. Solo impuse mi voluntad…

—Pero… la muerte del general, tatita…

—Los Reynafé pagaron sus crímenes —declaró con voz grave el anciano.

—Sin embargo, eso no resolvió todos los interrogantes. Siempre se les adjudicó la muerte del general a los unitarios y a sus intrigas odiosas. Dígame la verdad, tatita. Ya no nos queda nada de aquella tierra argentina.

Pasaron unos segundos que se hicieron eternos y el silencio se acomodó profundo, tanto como en la capilla San José los días vacíos de feligreses. Los ojos pequeños y claros de Manuelita recorrían la estancia. El colorado desgastado se mimetizaba entre los muebles grises y las luces apagadas que llegaban del exterior. La colcha de damasco, añosa y remendada, puesta sobre la silla poltrona, y una carpeta de paño grana en el aparador de la cocina eran presencias eternas de la quinta de Palermo que vinieron con ellos en los escasos baúles. La voz precisa del anciano trajo de vuelta a su hija.

—Los Reynafé no eran tan valientes como para animársele al Tigre de los Llanos. Sin embargo… pasó lo que tenía que pasar.

—¿Qué quiere decir, tatita? —Manuela sentía correr un frío por su cuerpo. Las sospechas tomaban forma. No quería seguir escuchando. Su madre había sido la confidente de su padre. Seguramente, ella había estado al tanto de las conspiraciones. Es más, recordaba que la chusma le dio el papel de instigadora.

—Era la única forma de alcanzar la suma del poder público. Había que resolverse con tenacidad, perseguir a los pérfidos y a los traidores, mostrarse con el ejemplo, no había tiempo que perder. Un librito no era la solución a los problemas de organización nacional.

—El guardián del sueño en la causa federal —musitó Manuela y se acomodó el rodete. Una lágrima rodó por su mejilla.

El anciano se arrebujó con el chaquetón de paño azul raído y se enfrascó en sus lecturas. La vejez lo hizo apasionado de los libros. Escribía compulsivamente y expresaba a modo de sentencia en muchas de sus cartas: “Las naciones, o vivirán constantemente agitadas, o tendrán que someterse al despotismo de alguno que quiera y pueda ponerlas en paz”.

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